Los confines de la conciencia: James, Huxley y el caso Castaneda

Redacción Leotarot.com · Publicado el 9 de octubre de 2026

Muchas tradiciones comparten una intuición: la realidad de cada día sería solo una capa, y debajo habría otras que casi nunca percibimos. En el siglo XX, un psicólogo, un novelista y un estudiante de antropología la llevaron a libros que se leyeron en medio mundo. Esto es lo que dijeron, lo que se les discutió y lo que resultó ser inventado.

William James y una pantalla finísima

William James (1842-1910), uno de los fundadores de la psicología en Estados Unidos, dio en 1901 y 1902 las Conferencias Gifford en la Universidad de Edimburgo. Las publicó en 1902 como Las variedades de la experiencia religiosa, un libro que estudia la religión desde lo que viven las personas y no desde las iglesias.

En las conferencias dedicadas al misticismo contó sus propios experimentos con óxido nitroso, un gas anestésico sobre el que escribía desde 1882. De ellos sacó una conclusión que se cita mucho. Nuestra conciencia despierta y racional sería solo un tipo de conciencia entre otros, y a su alrededor, separadas por una pantalla finísima, habría formas posibles completamente distintas. Podemos pasar la vida sin sospechar que existen, pero basta el estímulo adecuado para que aparezcan. Ninguna explicación del universo, decía, puede darse por completa si las deja de lado.

Unos años antes, en una conferencia de 1897 publicada en 1898 como Human Immortality, había propuesto otra imagen: quizá el cerebro no produce el pensamiento, sino que lo deja pasar y lo tiñe, como hace un cristal de color con la luz.

James era honrado con sus límites. Reconocía que su temperamento casi le cerraba la puerta a la experiencia mística y que hablaba de ella de segunda mano.

Huxley y la válvula reductora

En mayo de 1953, el novelista británico Aldous Huxley, autor de Un mundo feliz, tomó mescalina bajo la supervisión del psiquiatra Humphry Osmond. Lo contó al año siguiente en Las puertas de la percepción, un título sacado de William Blake, que había escrito que, si se limpiaran esas puertas, todo aparecería como es: infinito.

Huxley describió cómo un jarrón con flores le parecía cargado de un sentido inmenso y cómo el tiempo y el espacio perdían importancia. Para explicarlo tomó una idea del filósofo C. D. Broad, que a su vez resumía a Henri Bergson: la tarea del cerebro sería sobre todo eliminar. Existiría una mente mayor, Mind at Large, y el cerebro y los nervios funcionarían como una válvula reductora que solo deja pasar lo útil para sobrevivir. La mescalina, pensaba, abría un poco esa válvula. Amplió la idea en Cielo e infierno (1956).

Las críticas no tardaron. Thomas Mann vio en el libro una huida irresponsable, y Martin Buber, una fuga de la vida en común. En 1957, el estudioso de las religiones R. C. Zaehner sostuvo en Mysticism Sacred and Profane que lo que provoca una sustancia no equivale a la experiencia de los místicos religiosos. El libro, eso sí, marcó a una generación: Jim Morrison sacó de él el nombre de su grupo, The Doors.

Hay que decirlo claro: la mescalina, el principio activo del peyote, figura hoy en la lista más estricta del Convenio de las Naciones Unidas de 1971, su consumo es ilegal en muchos países y tiene riesgos para la salud. El libro de Huxley es historia de las ideas, no un manual.

Castaneda: una realidad aparte que no existía

En 1968, la editorial de la Universidad de California publicó Las enseñanzas de don Juan, de Carlos Castaneda, un estudiante de antropología nacido en Perú. Contaba su aprendizaje con un supuesto brujo yaqui del norte de México, don Juan Matus, que con plantas como el peyote le enseñaba a percibir otros mundos, superpuestos al nuestro como las capas de una cebolla. Siguieron Una realidad aparte (1971) y Viaje a Ixtlán (1972), que la Universidad de California en Los Ángeles aceptó en 1973, con otro título, como su tesis doctoral. Ese mismo año, la revista Time le dedicó la portada. Sus libros vendieron más de ocho millones de ejemplares en diecisiete idiomas.

¿Cómo pudo pasar tanto tiempo por antropología? Porque nadie podía comprobarlo. En 1976, el investigador Richard de Mille publicó Castaneda's Journey, y en 1980, The Don Juan Papers. Señaló fechas que no cuadraban de un libro a otro, la ausencia de palabras yaquis para lo que se describía, costumbres que no encajaban con esa cultura y decenas de páginas de citas aparentemente tomadas de otras obras. Hoy la mayoría de los especialistas considera esos libros ficción, en gran parte o del todo.

Castaneda murió en Los Ángeles en 1998, y su muerte no se supo hasta casi dos meses después.

Un filtro que nadie ha encontrado

Las tres historias comparten una idea: que la conciencia corriente es un recorte de algo más amplio. Como hipótesis filosófica todavía tiene defensores. Como hecho, no se ha demostrado. No hay pruebas de esa mente mayor, y la neurociencia estudia estos estados como cambios en la actividad del cerebro, igual que el sueño, el trance o la meditación que repasa la página de los estados alterados de conciencia.

La verdad es que James lo planteó con más cautela que muchos de sus seguidores: pedía que esas experiencias se tomaran en serio, no que se dieran por probadas. Las tradiciones chamánicas del viaje a otros mundos, que Castaneda decía retratar, se cuentan en el vuelo astral en las tradiciones.

Ante un relato de otras realidades

  • Pregunta quién lo cuenta y si alguien más pudo comprobarlo: don Juan se sostuvo años con la sola palabra de su autor.
  • Separa la vivencia de la explicación, como hacía James, que respetaba lo que sentían los místicos sin convertirlo en prueba.
  • Recuerda que la mescalina, el peyote y otras sustancias de estas historias están fiscalizadas por ley en muchos países y tienen riesgos; lo que dice la medicina está en los psicotrópicos del diccionario esotérico.
  • Si una experiencia te deja angustia, insomnio o sensación de irrealidad, habla con un médico o con un psicólogo.

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Texto de la Redacción de Leotarot.com.

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