La güija (I): por qué el tablero se presta tanto al engaño

Redacción Leotarot.com · Publicado el 6 de octubre de 2026

La güija tiene fama de abrir puertas, pero lo único que abre de verdad es un terreno perfecto para el engaño. Unas veces alguien empuja a sabiendas; otras, nadie miente y el mensaje sale igualmente de los propios jugadores. Esta primera parte explica por qué el tablero favorece las dos cosas.

Un juego en el que nadie responde de nada

Fíjate en cómo se juega. Varias personas apoyan los dedos en la misma tablilla, o en un vaso boca abajo sobre un papel con letras, que es como suele hacerse en España. Cuando la pieza se mueve, nadie puede saber quién ha empujado. Ni siquiera los propios jugadores.

Ese reparto de la responsabilidad convierte el tablero en un instrumento muy cómodo para engañar. Quien empuja puede negarlo, y quien sospecha no tiene forma de probarlo. Se juega casi siempre de noche, con poca luz, entre amigos que se sugestionan unos a otros y que, en el fondo, desean que pase algo.

El movimiento que nadie decide, el efecto ideomotor, está explicado en el contacto con los muertos. Aquí interesa otra cosa: lo que ocurre alrededor del vaso.

Empujar a sabiendas

El fraude consciente es el más sencillo. Basta un bromista que lleva el vaso hacia las letras de un nombre, de un susto o de una profecía. Lo hace por diversión, para impresionar a alguien o para ser el centro de la noche, y rara vez lo confiesa: el juego perdería la gracia y él quedaría mal.

Hay casos menos frecuentes y más tristes. En 1891, el médico alemán Anton Delbrück describió a cinco pacientes con una tendencia que llamó pseudología fantástica: contar mentiras largas y elaboradas, desproporcionadas con cualquier beneficio que se pueda sacar de ellas. Una persona así puede sostener durante años una historia de contactos con el más allá. Lo que necesita es ayuda profesional, no un debate sobre espíritus.

Engañarse sin mentir

La forma de engaño más frecuente no tiene culpables. Las letras salen a trompicones, y alguien las va anotando y uniendo hasta formar palabras. Lo que no encaja se descarta; lo que encaja se recuerda. Al final de la noche, el grupo cuenta los aciertos y olvida las ristras de letras sin sentido.

A veces el tablero dice algo que, en teoría, nadie sabía. Antes de pensar en el más allá conviene pensar en la memoria. Un dato leído o escuchado años atrás puede volver sin que se le reconozca, lo que se llama criptomnesia y se explica en mediumnidad espiritista.

El caso más famoso es literario. En julio de 1913, en San Luis (Misuri), Pearl Curran jugaba a la güija con su amiga Emily Hutchings cuando la tablilla empezó a deletrear mensajes de una tal Patience Worth, que decía haber vivido en la Inglaterra del siglo XVII. Durante más de veinte años, Curran dictó en su nombre novelas, cuentos y cientos de poemas.

El investigador Walter Franklin Prince no supo explicarlo en su estudio de 1927. Los críticos señalan que Curran había recibido clases de canto y de piano y colaboraba en su parroquia, y que el lenguaje de Patience no encaja con los textos de la época que decía. Más tarde, la escritora Jane Roberts y el poeta James Merrill también escribieron con el tablero. Que el autor sea el propio jugador no les quita mérito a esas obras; al fin y al cabo, alguien tuvo que escribirlas.

De juego de salón a objeto de terror

Durante décadas, la güija se vendió en las jugueterías como pasatiempo familiar. Su fama siniestra es mucho más reciente. Según el historiador Robert Murch, estudioso de estos tableros, el cambio llegó en 1973 con El exorcista, cuya protagonista, una niña, empieza a hablar con un supuesto «capitán Howdy» a través de uno.

Desde entonces, la sugestión hace el resto. Un vaso que se mueve en la penumbra asusta mucho más cuando todos esperan lo peor.

Un tablero, no una puerta

La güija es un cartón con letras y una pieza que se desliza. No abre ninguna puerta, no deja nada pegado a la casa y no obliga a nadie a seguir jugando. Si te asusta o te deja mal cuerpo, se deja, sin más ceremonia que guardar el tablero en un cajón.

Si juegas, hazlo sabiendo que cualquiera puede estar empujando, tú incluido, y no tomes ninguna decisión por lo que diga. Tampoco lo uses para asustar a quien lo pasa mal: lo que para unos es una broma, para otros puede ser una mala noche. Y si lo que te acerca al tablero es la pérdida de alguien querido, ese dolor merece algo más que un vaso. Hablarlo con los tuyos o con un psicólogo ayuda de verdad.

¿Cuántas noches de güija se habrían quedado en nada con la luz encendida? La serie sigue con lo que ha medido la ciencia sobre quién mueve el vaso y con cómo se desmonta una sesión, letra a letra. Para seguir, lee también cómo un mago demostró lo mucho que se equivocan los testigos en la neumatografía o escritura directa. Tienes más en la sección de videncia y otras mancias y en el tarot temático.

Texto de la Redacción de Leotarot.com.

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