Marcas de nacimiento: de los antojos a las marcas «experimentales»

Redacción Leotarot.com · Publicado el 14 de octubre de 2026

Una mancha en la piel de un recién nacido despierta preguntas desde hace siglos. Durante mucho tiempo se culpó a la imaginación de la madre; hoy la dermatología sabe bastante de cómo se forman, y en Tailandia y Birmania hay familias que marcan a sus difuntos para reconocerlos si vuelven.

La imaginación de la madre

La vieja teoría tiene nombre: impresión materna. Sostenía que lo que una embarazada veía, temía o deseaba podía quedar grabado en el cuerpo de su hijo. De ahí viene que en español la palabra antojo nombre a la vez el capricho y la mancha.

El cirujano francés Ambroise Paré, que sirvió a varios reyes de Francia, la recogió en Monstruos y prodigios (1573). Entre las causas de los nacimientos que entonces se llamaban monstruosos incluía la imaginación de la madre, y aconsejaba apartar a las embarazadas de ciertas imágenes. Uno de sus ejemplos era un niño con aspecto de rana. Paré lo atribuía a que la madre, la noche en que lo concibió, tenía en la mano una rana viva, un remedio casero contra la fiebre.

Mary Toft y los conejos de 1726

La teoría vivió su episodio más sonado en Inglaterra. En el otoño de 1726, Mary Toft, una campesina de Godalming, en el condado de Surrey, aseguró que estaba pariendo conejos. La explicación que circuló encajaba con la impresión materna: durante el embarazo se habría encaprichado de un conejo que vio en el campo.

El asunto llegó a la corte. Nathaniel St. André, cirujano de la casa real, lo dio por bueno. El rey Jorge I envió a otro cirujano, Cyriacus Ahlers, que sospechó un fraude, y el partero Richard Manningham la vigiló de cerca. El 7 de diciembre de 1726, Toft confesó que alguien le introducía en el cuerpo las piezas de los animales. Pasó unos meses en la cárcel de Tothill Fields y salió en abril de 1727, y el grabador William Hogarth se burló de los médicos crédulos en una estampa titulada Cunicularii.

La idea de la impresión materna fue perdiendo crédito en la segunda mitad de aquel siglo, aunque sobrevivió mucho tiempo en la cultura popular.

Lo que sabe la dermatología

Hoy se sabe que las marcas de nacimiento no tienen nada que ver con los antojos, los sustos ni lo que come la madre: la Academia Estadounidense de Dermatología lo dice expresamente. Se dividen en dos grandes familias.

Las vasculares nacen de vasos sanguíneos que no se formaron bien. La más común es la mancha salmón, rosada, en la frente, los párpados o la nuca, que en la cara suele borrarse hacia los dos años. El angioma infantil, la llamada fresa, es un bulto rojo que aparece poco después de nacer, crece durante los primeros seis a doce meses y luego se encoge, y casi siempre desaparece en la infancia. La mancha en vino de Oporto, en cambio, no se va sola, y con los años puede oscurecerse y engrosarse.

Las pigmentadas se deben a una acumulación de melanocitos, las células que dan color a la piel. Las manchas mongólicas, de un gris azulado, son muy frecuentes en bebés de origen asiático o de piel oscura y suelen desaparecer hacia los cuatro años. Las manchas café con leche son corrientes, aunque tener seis o más merece una consulta. Y alrededor de uno de cada cien bebés nace con un pequeño lunar, un nevus congénito. Los grandes son menos frecuentes, y su riesgo de convertirse en un cáncer de piel con los años aumenta con el tamaño.

Eso sí, la causa exacta no se conoce del todo. Lo que está claro es que no depende de nada que la madre hiciera o pensara.

Las marcas «experimentales» de Asia

En Tailandia y en Birmania (Myanmar) existe una costumbre que une piel y reencarnación. Cuando alguien muere, o está a punto de morir, un familiar o un amigo cercano le hace una señal en el cuerpo, a menudo con hollín o con una pasta, en zonas que suelen ir tapadas, como el pecho, la espalda o los brazos. Si después nace en la familia un bebé con una mancha en el mismo sitio, se interpreta como el regreso del difunto.

Ian Stevenson reunió veinte casos así en su obra de 1997, que se resume en la entrada del diccionario esotérico. En 2013, Jim Tucker, de la Universidad de Virginia, y el investigador Jürgen Keil publicaron dieciocho casos más de esos dos países en el Journal of Scientific Exploration. Para ellos, el azar pesa poco cuando los candidatos se limitan a la familia y la marca es poco común. Barajaban dos explicaciones: la reencarnación, o que los deseos y las oraciones de la familia en duelo influyeran en el desarrollo del bebé, una posibilidad para la que admitían que los estudios dan muy poca base.

Los críticos ven el problema en el orden de los hechos. La familia ya sabe dónde está la señal del difunto y busca en el bebé una mancha parecida, y las marcas son muy frecuentes. ¿Qué probabilidad hay de encontrar alguna? En un estudio con mil recién nacidos del noreste de Tailandia, publicado en 2019, dos de cada tres tenían manchas mongólicas y más de un tercio, manchas salmón. La revista de Tucker y Keil, por su parte, publica investigación sobre anomalías al margen de las grandes revistas científicas, y la ciencia no acepta estos casos como prueba de la reencarnación.

Dónde termina la creencia y empieza la consulta

Lo que una familia vea en una marca, un recuerdo o un regreso merece respeto. La revisión médica va por otro camino:

  • Enseña al pediatra cualquier mancha que se haga más grande, más oscura o más abultada, que duela o que esté cerca de los ojos, la nariz o la boca.
  • Consulta también ante seis o más manchas café con leche o un lunar congénito grande, y pregunta por cualquier mancha en vino de Oporto, que no se va sola.
  • Lleva al dermatólogo cualquier lunar que, con los años, cambie de tamaño, de forma o de color.

La mayoría de las marcas son inofensivas y no necesitan nada. Para seguir, lee el balance de las pruebas de la reencarnación. Tienes más en la sección de reencarnación y mente y en el tarot temático.

Texto de la Redacción de Leotarot.com.

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